Un viernes negro –

El viernes 4 de noviembre amaneció como cualquier otro, nada presagiaba lo que iba a ocurrir cuando el reloj marcara el final de la jornada laboral.Como todos los viernes la gente hizo planes. Para el mediodía el “coro” tenía mesa reservada, globos, bizcocho y el etílico a cuarta. Los hijos ya habían llamado a sus

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El viernes 4 de noviembre amaneció como cualquier otro, nada presagiaba lo que iba a ocurrir cuando el reloj marcara el final de la jornada laboral.

Como todos los viernes la gente hizo planes. Para el mediodía el “coro” tenía mesa reservada, globos, bizcocho y el etílico a cuarta. Los hijos ya habían llamado a sus padres para sacar el permiso y avisar que salían sin hora de llegada.

Cerca de las 5:00 alguien comentó que se estaba nublando, pero como en este Caribe tropical cualquier día llueve y de una vez escampa, nadie puso mucho caso. La gente comenzó a despedirse. Yo me quedé un rato más para avanzar en la oficina. Comenzó a tronar, pero desde mi ubicación era imposible saber lo que pasaba fuera. 

Varias pistas me fueron indicando que no era una lluvia como cualquier otra.  El lobby de la entidad donde trabajo estaba lleno de gente imposibilitada de salir porque el agua estaba ya colándose por las puertas, llenando pisos y colmando filtrantes.  Media hora más tarde comenzaron a llegar noticias y videos por redes de tapones e inundaciones urbanas.

Un compañero se encargó de sacarnos para que pudiéramos llegar a nuestros vehículos. Ya todos sabíamos que ese viernes no iba a terminar igual que los otros. Las caras ya mostraban preocupación y resignación a partes iguales.

Ya en el carro revisé todas las rutas posibles para poder llegar a mi casa. Conozco mi zona y sé cuales calles se inundan y entaponan con cualquier razón.  Preferí irme por la ruta más larga, presumiendo que era más segura y así fue.

En las tres horas que me tomó llegar a mi casa en un trayecto de menos de 4 kilómetros, el agua no paró y pocas veces menguó. Tuve tiempo de sobra para comunicarme con mi familia y amigos para asegurar que todos estaban bien, la mayoría en casa. También tuve tiempo para ver docenas de personas pasar empapados, algunos con poco más que una funda en la cabeza.  También me pasaron motores, muchos deliveries, intentando cumplir con sus entregas bajo una situación imposible.

También me dio tiempo de pensar en cómo se estarían haciendo las ambulancias para llegar a clínicas y hospitales con casos graves, mujeres en labor de parto, gente que salió de su casa con el carro en reserva, con necesidades fisiológicas impostergables o mareándose del hambre.  Pensé en la angustia que podía sentir la gente que no sabía dónde estaban sus hijos o que les habían informado que estaban en zonas de peligro. Pensé en las miles de familias que viven en lugares vulnerables que posiblemente no les dio tiempo a salir o a prepararse.

Con el corazón arrugado, en medio del caos de un tránsito detenido, con la certeza de esa lluvia podía ser mortal, comencé a contar bendiciones: estaba seca, bajo aire, con una fundita de casabe que me aguantó el hambre, con un celular hábil para llamar, con la tranquilidad de saber de que los más cercanos a mi corazón estaban a salvo y esperándome. Era muy afortunada.

Finalmente, llegué a casa. Cuando salí del carro parecía que había pasado media vida allí. Me dolían hasta las uñas del estrés y del cansancio.  Una tía de mis hijas llamó para preguntar si podía parar en casa y esperar que bajara el agua.  Me alegró poder ofrecerle techo y cena en lo que podía llegar a la suya.  No dejaba de pedir al Señor porque muchos tomaran decisiones similares y evitaran el peligro.

Al día siguiente nos fuimos enterando de historias, anécdotas y desgracias. Muchos perdieron casas, enseres, vehículos, su medio de trabajo y de transporte.  Lo peor, ocho personas valiosas perdieron sus vidas en diferentes circunstancias, dejando a sus familias devastadas y a una sociedad conmocionada y furiosa.

¿Qué se pudo haber hecho mejor para proteger a la población? ¿Qué se necesita para que la gente aprenda a no botar basura en la calle? ¿Cómo construimos una sociedad más empática que no requiera deliveries en medio de una tempestad? ¿Quién le pone el cascabel al gato en temas de planeación urbana? ¿Alguna vez habrá un régimen de consecuencias? ¿Cuándo aprenderán los políticos que no queremos fotos, ni abrazos ni funditas, sino que trabajen y cumplan? 

El viernes 4 de noviembre trajo una lluvia mortal, un cisne negro que desnudó una vez más una ciudad llena de hoyos, basuras y carencias. Fue un verdadero “black Friday”. Que Dios nos agarre confesados.

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