La nieve de José Alberto – El Profe Show

José Alberto siempre quiso ver la nieve, soñaba con ella. Es hijo de mi sobrino Danilo, esposo de Nicole e hijo de Sonia y José Alberto, mis hermanos. El niño tiene unos apellidos muy bebibles, es Ginebra Brugal… nadie lo creería.Es mi sobrino nieto y tiene apenas 4 años, pero una intensidad de meteoro desbandado.

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José Alberto siempre quiso ver la nieve, soñaba con ella. Es hijo de mi sobrino Danilo, esposo de Nicole e hijo de Sonia y José Alberto, mis hermanos. El niño tiene unos apellidos muy bebibles, es Ginebra Brugal… nadie lo creería.

Es mi sobrino nieto y tiene apenas 4 años, pero una intensidad de meteoro desbandado. Sonia, su abuela, lo requete consiente, no hay imposibles para ese nieto que si pide la luna, de ser posible, la abuela chocha la bajaría. Abuela y nieto son enllaves full, como dirían los jóvenes.

Cada vez que llueve él le pregunta a sus padres cuándo esa lluvia se convertirá en nieve. Llegó diciembre y sus muñequitos de TV exhibían nieve por doquier y el niño, embelesado, se imaginaba montado en un trineo navegando por las montañas más altas.

Sus padres decidieron llevarlo a la nieve. La noticia fue dada a la familia y se armó toda una expedición: iría su prima Valentina y su mamá Angelle, y allá se encontrarían con sus tíos en el exilio norteamericano.

Cada noche J.A. se dormía preguntando que cuantos días faltaban para ese viaje y su encuentro con los pedacitos de hielo.

La primera parada sería en Miami, donde su tía Marlene, para comprar los abrigos de la visita al norte.

En el avión el niño ocupó el asiento de la ventana y no apartó los ojos de las nubes buscando una señal.

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-¿Y cómo es la nieve, papá?

-Ya la verás -con paciencia contestaba el agotado padre.

-¿Y por qué es blanca?

-¿Hay nieve negra?

-¿Es Dios que la envía?

-En la escuela me dijo un amiguito que eran los americanos que la producían.

El tema de la nevada se convirtió en obsesión. Ya el niño se veía en trineos recorriendo las calles y con la fantasía de los venados de Santa transportándolo.

La llegada fue decepcionante. Con el cambio climático no había nieve como se esperaba y los padres no sabían qué hacer e inventar para aquietar al meteoro. Los días de regreso estaban contados y ni por asomo los copos.

Desesperado, el niño preguntaba a sus padres que dónde estaba la nieve prometida. A la mamá, ya sin respuestas, se le ocurrió decir ‘pídele a papá Dios que te la envíe’ y al niño se le iluminó su carita, ¿cómo no se le había ocurrido?

Salió al patio de la casa donde estaba de visita, cerró sus ojitos e hizo la oración implorando por la tan esperada nevada. Transcurrieron unos largos minutos, suficientes para que el Creador hiciera lo suyo. José Alberto no lo podía creer, sintió algo leve rozando su cabeza, como un susurro frío, alzó los ojos y su Dios le había respondido. Una amplia sonrisa acompañó su asombro. Esa noche se durmió frente a la ventana de su habitación viendo cómo se llenaba el patio de un manto blanco luminoso. Así me lo contaron.

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