Un viaje a las nubes

La primera vez que viajé a Nueva York tenía apenas 5 años de edad. Mi abuela Marina había decidido que nos fuéramos por unos días a esa gran ciudad, ella era una mujer llena de sueños. Estaba muy emocionado, cada noche previo al viaje miraba al cielo y sentía una especie de temor, pero a la

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La primera vez que viajé a Nueva York tenía apenas 5 años de edad. Mi abuela Marina había decidido que nos fuéramos por unos días a esa gran ciudad, ella era una mujer llena de sueños.

Estaba muy emocionado, cada noche previo al viaje miraba al cielo y sentía una especie de temor, pero a la vez gran excitación.

El aeropuerto estaba en las afueras de la ciudad y muchas veces veía desde mi barrio en Gazcue cruzar aviones que con su ruido me llenaban la cabeza de posibles aventuras. Nueva York era un paraíso a conquistar.

Una tía vivía allá y de vez en cuando nos visitaba hablando de las maravillas que me esperaban. Nunca dije nada, pero mi gran expectativa era una vez en el avión acercarme a las nubes y descubrir el reino de Dios.

Cada noche antes de dormir debía de hacer mis oraciones y pedirle a papá Dios que estaba en el cielo que me protegiera y protegiera a mi mamá, papá y toda la familia.

Este viaje sería mi gran oportunidad de verlo de cerca. Y si no podía por lo menos encontrarme con los Reyes Magos, o Santa, o mi Angel de la Guarda, a quien pedía me cuidara de noche y de día.

Apenas dormía, un susto incontrolable se había asentado dentro de mí que no me permitía pensar en otra cosa que en ese momento del gran encuentro con mis misterios.

Mi perrito, que había muerto, mi abuela me había dicho también que se había ido al cielo, me alegró saber también había un cielo para perros.

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Cada vez que alguien se moría era la misma historia, mis tíos, un amigo de mi papá, todos se iban al cielo. Estaba seguro que cuando Popi me viera por la ventana correría hacia mí moviendo su colita y también vería a todos los que mi abuela siempre decía se habían ido para allá.

Llegó el día, desde muy temprano toda la familia había venido a despedirse, mi mamá un poco llorosa disimulaba sus lagrimas, yo por alguna razón no lloraba, más bien estaba asustado.

El momento difícil fue cuando me vi sentado, amarrado el cinturón, una ventanilla pequeña, mi abuela me había sentado para que pudiera ver las nubes.

No dije nada, pero me invadió un llanto incontrolable, mi abuelita me apretó contra su pecho y me dijo que pronto me sentiría mejor. Lentamente, con un ruido grande, sentí cómo el avión despegaba del suelo, las casitas se fueron desdibujando frente a mis ojos y el inmenso mar cubrió casi todo el horizonte.

No salía de mi asombro, dejé de llorar absorto esperando llegar a las nubes, y de repente llegaron, algunas desfilaban frente a mí, parecían algodones gigantes flotando en el aire, muchas formas, algunas parecían jirafas, otras casas enormes, y entre ellas se colaba un sol que comenzaba a languidecer.

Estaba muy atento esperando ver entre tanto blanco a mi perro, quizás Santa vestido de rojo, algún angel de la guarda aunque no fuera el mío y a papá Dios. No vi nada y me cansé de mirar.

Sin darme cuenta me quedé dormido, muchos años después, cuando ya había dejado la inocencia abandonada en el tiempo, encontré dónde estaba el cielo, lo descubrí dentro de mí.

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