El mundo que conocimos

En mis cortedades intelectuales, suelo aferrarme a la simpleza como solución infalible para los temas más peliagudos. Así, la periodización de mi historia personal, que a nadie más importa y de ahí el adjetivo, la he resuelto gracias a las canciones de moda. De haber triunfado Ponce de León en su empeño, otra sería la

0 19

En mis cortedades intelectuales, suelo aferrarme a la simpleza como solución infalible para los temas más peliagudos. Así, la periodización de mi historia personal, que a nadie más importa y de ahí el adjetivo, la he resuelto gracias a las canciones de moda. De haber triunfado Ponce de León en su empeño, otra sería la música en los compartimentos de mi eterna juventud. Me valgo de lo popular, del listado de éxitos de mi basta preferencia, para construir en bloques de recuerdos cuantos años y experiencias he vivido. Noción de período sencilla, de notas imborrables y que sí tienen un efecto secundario afortunadamente sin consecuencias auditivas: la nostalgia.

Me tocaba el alma aquella balada de Frank Sinatra, original del trompetista alemán Bert Kaempfert y quien con su orquesta ofrecía una versión alternativa. Una y otra vez (Over and over) o El mundo que conocimos (The world we knew) acompañaban mis primeros pasos vacilantes en la aventura del periodismo.

Escalaba a la gloria cuando en los programas de radio nocturnos, pasados los estrépitos del día a día del profesional bisoño y absorbidas las amarguras, emergía La Voz, templada, cadenciosa, con destellos luminosos en cada entonación de esas letras que tanto me decían. Paul Mauriat y su orquesta, muy en boga entonces, también la interpretaba. Sumóse Mireille Mathieu con un doblaje a su francés de erres arrastradas en el mejor acento de su Avignon natal, Un monde avec toi, y ya no había un favorito. Perdidosa, sí por almibarada y empalagosa, la versión de Anita Kerr and her singers.

El mundo que conocimos ya es otro, muy lejano el presente del pasado no solo en términos de años (aún no alcanzo a Matusalén), sino sobre todo por la vorágine de cambios sociales y tecnológicos. Por más que retorno una y otra vez, con la canción de Sinatra en mente a mis prolegómenos, a ese “inconcebible, ese increíble mundo que conocimos”, soy incapaz de encontrar referencias, señales que alumbren rutas en este presente tormentoso en que todo se transforma al instante, en que ha desaparecido el periodismo que practicábamos y en el que no hay espacio para sorpresas porque son estas el signo inacabable de estos tiempos. Para estas confusiones no sirve el GPS.

Me bastaba entonces el auxilio de la fenomenología como camino expedito para encontrar explicaciones y asomarme a la verdad. O intentarlo. Apelar al sentido común sobre el que David Hume, el genial filósofo escocés, construyó su tesis, me hacía… ¡mucho sentido! Ayudaba con eficacia insospechada la duda cartesiana, siempre a mano para oponerla a la ortodoxia, a los monopolios de la certeza y a cuantos buscaban enrolarnos en capillas. Las Humanidades son ahora expulsadas de las universidades o reducidas a espacios miserables en una academia de la que ha emigrado el Pensamiento (sí, en mayúsculas) porque no tiene acogida en el mercado. Se necesita una nueva Rerum novarum, en clave algorítimica y no vaticana, para acomodar el intelecto a estas revoluciones que se nos han venido encima sin preaviso y con cesantía del mundo que conocimos.

Alucinantes las cifras que ilustran el nuevo orden informativo. Cada día, por WhatsApp y Messenger circulan cientos de miles de millones de mensajes. Las redes sociales cuentan con millones de millones de usuarios y Facebook, Instagram y X se han convertido en la fuente primaria de información para el mayor contingente de bípedos. A ellas se arriman decenas de miles de millones de personas al mes y, sin embargo, carecen de periodistas y la selección y cuidado de las noticias obedecen a algoritmos, a una inteligencia artificial que podría catalogarse de superior porque evita la contaminación de la subjetividad humana.

La verdad, a la que en desprecio de Sísifo siempre tratábamos los periodistas de mi generación aproximarnos, ya no existe. Estos tiempos de desenfreno tecnológico al servicio del poder y del contrapoder se han convertido en fragua de la posverdad. El término ha tardado en llegar al Diccionario de la Real Academia de la Lengua, pero sí al Oxford porque el origen es sajón, idioma más en sintonía con estos tsunamis sociales que amenazan con descomponer el tinglado político y económico que sucedió al final de la Guerra Fría: “Denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”.

La posverdad se ha llevado de encuentro los viejos cánones que obligaban a presentar las dos caras de la moneda en la noticia y que rechazaban la frivolidad como imán para atraer lectores en los medios considerados serios o impermeables al periodismo amarillo. Poco importa ya, repito, la objetividad, esa meta elusiva para todo profesional que quisiese servir la información con la menos salsa posible de cocina propia. Aprendimos algo novedoso, esta vez de boca del vocero de la pasada administración norteamericana: hechos alternativos. Es decir, los hechos ya no son tozudos, sino que admiten competencia y esta puede, incluso, superar la otra realidad.

En la posverdad se agazapa otro de los fenómenos del nuevo orden informativo y es lo viral. A los grandes hermanos de la comunicación les importa sobremanera aquello que genera más tráfico, lo que se convierte en un aluvión que arrastra atenciones, despierta emociones aun sean bastardas y, al amparo de la controversia, pasa a estadios exponenciales de difusión. Doy vueltas y regreso a otro período de mi historia, a cuya definición musical no aludiré, en que estudiaba latín y aprendí que virus se traducía al español como veneno, ponzoña.

Tanto bulo en las redes ha terminado por despertar la conciencia crítica de los gestores digitales, que idean modos de contener las trampas informativas, ojos puestos en los odios, cultivo de la violencia y esas malignidades que corroen las sociedades. Acontece, empero, que el lenguaje de signos, grafías ininteligibles para el profano y fórmulas que componen la esencia vital en la tecnología de las redes, catapulta precisamente la posverdad, o sea, lo viral. Tampoco puede confiarse en el aporte de los usuarios como árbitros de una verdad que aparece traicionada en la savia misma de estos canales de comunicación tan exitosos como perversos.

Este envío de la razón al cesto de los desperdicios, lo sesudo devenido detritus, consumido el juicio en el altar de las emociones y la vacuidad de las pasiones, definitivamente no catalogan como piezas importantes en el mundo que conocimos. No apresuremos, so pena de padecer del mal que condenamos, sentencia definitiva. Porque la posverdad tiene mucho de déjà vu.

“Carece de sentido tratar de convertir a los intelectuales, porque nunca se logrará convertirlos y de todas maneras se rendirán siempre al más fuerte, que siempre será el hombre de a pie. Por consiguiente, los argumentos deben ser crudos, claros y contundentes; y apelar a las emociones y a los instintos, no al intelecto. La verdad no importa y debe subordinarse por completo a las tácticas y a la sicología”.

La cita corresponde a Joseph Goebbels, el cerebro propagandístico de la era nazi. A su ensayo sobre la propaganda, se debe también este aserto huérfano de desperdicio en este mundo de la posverdad y las redes de lo viral:

“Es de vital importancia para el Estado el uso de todo su poder para reprimir la disensión, porque la verdad es el enemigo mortal de la mentira y así, por extensión, la verdad es el mayor enemigo del Estado”.

Deja un comentario