El grupo de los cuatro del boom: una revolución literaria

Algunas fábulas publicitarias estuvieron circulando por décadas en la proyección de las obras del grupo de los cuatro del boom, aunque nada desluce ni empequeñece, ni mucho menos ensombrece, la extraordinaria labor literaria de estos escritores que elevaron con su trajinar a la literatura latinoamericana, escribiendo las novelas más sobresalientes en español del siglo XX.Gabriel

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Algunas fábulas publicitarias estuvieron circulando por décadas en la proyección de las obras del grupo de los cuatro del boom, aunque nada desluce ni empequeñece, ni mucho menos ensombrece, la extraordinaria labor literaria de estos escritores que elevaron con su trajinar a la literatura latinoamericana, escribiendo las novelas más sobresalientes en español del siglo XX.

Gabriel García Márquez vendió por décadas que la pasaba mal económicamente y que su novela “Cien años de soledad”, enviada por correo al editor Paco Porrúa, en dos partes, por su esposa Mercedes Barcha, sólo la había leído su amigo Álvaro Mutis, valorado como su corrector y propiciador de ideas argumentales.

Sucede que ahora comprobamos que no fue tanto así. La novela del Gabo fue leída previamente, en todo o en partes, por Julio Cortázar, Aurora Bernárdez, Carlos Fuentes y editores que se interesaron en la misma antes de ser publicada, independientemente de Sudamericana. Álvaro hace mutis en esta historia, pues no se le menciona por ningún lado. Se había creado una expectativa especial con esa novela, conforme lo revelan las cartas cruzadas entre los cuatro, incluyendo Mario Vargas Llosa que comenzó a ver correr la fama antes que García Márquez entrara en el juego. Mario había publicado los seis relatos de “Los jefes” en 1959, y “La ciudad y los perros” en 1963. Cortázar lo felicita en carta fechada en 1962, cuando leyó el manuscrito que le había enviado Mario que en ese mismo año había entrado a la literatura por la puerta grande ganando con su primera novela el entonces prestigioso premio Biblioteca Breve. Originalmente titulada “Los impostores”, esta novela fue promocionada por Cortázar quien ayudó a Mario para que la pieza fuese publicada en la muy conocida, para la época, editorial de Joaquín Mortiz. Obviamente, esto fue antes de que la novela ganara el premio citado.

Fuentes tenía una obra muy encaminada. Había publicado “La región más transparente” (1958), “Las buenas conciencias” (1959), y entró en los dinámicos sesenta dando a conocer en un mismo año, 1962, “La muerte de Artemio Cruz” y “Aura”. Además, Fuentes fue el primero entre ellos que tuvo un agente literario.

Cortázar por su lado tenía ya cuatro libros publicados cuando el grupo del boom comienza a integrarse: los libros de cuentos “Bestiario” (1951), “Final de juego” (1956) y “Las armas secretas” (1959), y comienza los sesenta con “Los premios”, su primera novela (1960) y sus célebres “Historias de cronopios y de famas” (1962). Estaba a punto de dar el palo de los 400 pies. “Rayuela” se incubaba. Una novela que lo había dejado “muy vacío y cansado” y que pedía a Fuentes que la leyera y le diera su parecer. “Rayuela” terminó publicándose en junio de 1963, editado por Sudamericana (Ha cumplido sesenta años de vigencia en este 2023).

Como decíamos, la miseria del Gabo no fue tal. Vivía entre Colombia y México, se disparó algunos viajecitos por una Europa entonces tan distante de Latinoamérica, y las entradas ligerísimas afectaban a todos, aunque Cortázar tenía mucho trabajo como traductor (llegó incluso a trabajar para la Interpol), Fuentes era un bon vivant a quien nunca le faltó plata, y Vargas Llosa no planteó ese dilema en ninguna de sus cartas. Llegó a París y a Barcelona bien temprano a dedicarse a su obra. El único quejoso era el Gabo, pero sabía buscársela. En la miseria total nunca vivió.

Las cartas del Boom revelan pormenores interesantes. Por ejemplo, la intensidad de Carlos Fuentes que lo mismo escribía teatro, novelas y cuentos, como persistía en integrar a los otros en proyectos que vivía inventando mes a mes: una película -era íntimo amigo de Luis Buñuel y el cine era un elemento central en las preferencias de todo este grupo-, una novela sobre el dictador, una antología de los cuatro, una comedia musical, revistas, cátedras universitarias, paneles abiertos. Ninguno de esos proyectos logró cuajar. Por igual, Fuentes -de cartas engoladas- elogiaba en exceso a Cortázar, justo el que mayores reparos ponía a sus libros. El argentino era, en verdad, el maestro del grupo. El mayor de todos ejercía como conductor del equipo, poseía una sólida cultura, vivía en París antes que todos, poseía una casa de verano y hacía viajes constantes con su primera esposa por Italia, Grecia, Austria. Cortázar con quien fue más crítico fue contra Fuentes. Lo cantaba y lo lloraba. Le recriminaba por pasajes de sus libros, y al tiempo le pasaba la mano por otras, exaltándolo. Sólo una vez pareció entusiasmado sin reparos con un libro de Fuentes: “Aura”. En 1962 le escribía: “De ´Aura´ ¿qué te voy a decir con palabras? Es tan maravilloso que cuando Aurora y yo acabamos de leerlo, la misma noche, nos quedamos mirándonos y no se nos ocurrían más que palabras vacías”.

Los miembros del boom forjaron una camaradería excepcional. Comentaban sus libros entre ellos. Hacían circular sus producciones para que cada cual emitiera sus juicios. Informaban cuando sus libros entraban en imprenta y los primeros ejemplares eran para estos amigos. Organizaban encuentros para verse en París o en Barcelona. Cortázar y Fuentes ayudaban a buscarles editores a los otros. Festejaban los logros de cada quien: Cortázar le envió una carta encendida de júbilo a Vargas Llosa cuando en diciembre de 1962 le otorgaron al peruano el premio Biblioteca Breve por “La ciudad y los perros”. Y Cortázar protestó abiertamente cuando por la misma novela no le otorgaron el Prix Formentor a Mario, quien perdió por tres votos contra cuatro de Jorge Semprún y su primera novela “El gran viaje”.

En el ínterin, hay otros escritores a quienes posteriormente se les ligaría al boom nuclear, sin haber pertenecido al mismo, que nunca fueron bien recibidos por los cuatro. La nicaragüense Claribel Alegría, Octavio Paz, José Emilio Pacheco, contaban con la simpatía, respeto y confianza absoluta del grupo. En cambio, Alejo Carpentier y, sobre todo, Guillermo Cabrera Infante, eran rechazados. Cortázar incluso no pisaba donde estaba el autor de “Tres Tristes Tigres”, novela por cierto que hicieron añicos con ella, en especial Fuentes, Cortázar y García Márquez. En un tercer plano figuraron otros dos que eran cercanos y a los cuales nunca objetaron: Severo Sarduy y Juan Goytisolo. Más bien, los utilizaban para armar revistas y proyectos menores. José Donoso frecuentaba al grupo. Y Jorge Edwards, también. Donoso, cronista del boom, fue celebrado cuando tres de los cuatro conocieron de su novela “El obsceno pájaro de la noche”. No más. Roa Bastos, Onetti, Rulfo (cuyas dos obras son de los mero cincuenta), les eran queridos, pero de a poquito. Tres muy respetados: José Miguel Oviedo, que luego se encargaría de biografiar a Vargas Llosa, los cubanos Pablo Armando Fernández y Lisandro Otero, que llegaron a ser muy amigos de Mario y, muy en especial, Fernando Benítez, periodista cultural, historiador y antropólogo, de mucha influencia en México para la época (Sirvió como embajador en Santo Domingo en una de las etapas de gobierno de Joaquín Balaguer). En el círculo de los cuatro no entró ni uno más. Eran cerrados a esa posibilidad. Y resulta imposible no destacar que los cuatro formulaban el parricidio total. Odiaban las letras de Asturias, de Arciniegas, Gallegos, Güiraldes, Ciro Alegría y José Eustasio Rivera. Los consideraban “flojos”, descartables. Se burlaban del indigenismo, del criollismo. Pienso que el rechazo, aún indeciso, contra Carpentier se debía a que el cubano nacido en Suiza les resultaba un ave raris que provenía de los cuarenta y cincuenta. Tal las cosas.

A Vargas Llosa, digámoslo ya, le llegaban cartas de los tres. Tengo la impresión de que, durante un tiempo, mantuvo su distancia. Quizá por eso, la primera misiva suya que se registra, dirigida a Carlos Fuentes, es del 31 de diciembre de 1963, cuando este carteo venía de mediados de los cincuenta (En Santo Domingo se sufría la resaca del golpe de estado contra Juan Bosch). El escribidor estaba casado entonces con la tía Julia. Y andaba sondeando, en modo turismo, al Londres que luego le serviría de refugio. La censura franquista había confiscado los ejemplares que llegaron a España de “La ciudad y los perros” y Fuentes estaba tan embobado con “Rayuela” que sus ponderaciones llegaron al paroxismo literario. ¿Qué trajo la desunión en este grupo tan poderoso? Tela por donde cortar un viernes de estos.

(Recomendamos la lectura de “Las cartas del Boom”, Alfaguara, 2023).

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