Aladino

Lo llamaban Aladino y él nunca se cuestionó por qué. Su verdadero nombre era Arcadio de Los Ángeles, pero tampoco le gustaba. Había nacido en Guananico, un municipio de la Republica Dominicana en la provincia de Puerto Plata. No recuerda bien su infancia, los médicos dicen que es olvido voluntario porque quizás no fue agradable

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Lo llamaban Aladino y él nunca se cuestionó por qué. Su verdadero nombre era Arcadio de Los Ángeles, pero tampoco le gustaba. Había nacido en Guananico, un municipio de la Republica Dominicana en la provincia de Puerto Plata.

No recuerda bien su infancia, los médicos dicen que es olvido voluntario porque quizás no fue agradable, sino tortuosa. Aladino no hablaba de eso. Había descubierto una manera de escapar del presente que vivía y generalmente caminaba con la mirada perdida en el horizonte.

El único amigo que tenía le llamaba el hombre de las nubes. Aladino trabajaba en la estación de gasolina del pueblo, reparaba pinches de gomas y sus manos estaban maltratadas por su diario quehacer. 

Cuando se pinchaba una goma, Aladino era el mejor y el más rápido. Conocía todas las marcas de neumáticos, su preferencia eran las Good-Year y podía pasarse horas hablando de la calidad de las mismas, de su grosor, seguridad.

Algo tenía en contra de los chinos, pues desde que una marca hecha en china aparecía, comentaba que eso neumáticos estaban diseñados con fecha de caducidad inmediata y que se gastaban en un solo guayazo. 

Alguien le comento un día que todos los neumáticos eran chinos y discutió hasta el amanecer. Llegaba temprano a su trabajo y se sentaba esperando que llegaran los pinches del día, había temporadas mejores que otras, pero cuando no tenía nada que entaponar ayudaba despachando gasolina

Aladino hablaba solo, pero en el pueblo lo entendían, siempre le hablaba a alguien que supuestamente conocía muy bien, eso decían quienes lo escuchaban por el grado de familiaridad y cariño con que se expresaba.

Aladino había creado su propio mundo porque el mundo en que vivía no le gustaba, era solitario, sin embargo, vivía rodeado de sus amigos imaginarios que le acompañaban.

Muchas veces quienes le rodeaban se espantaban de los ataques de risa y los brincos que de pura alegría daba. Si alguien le preguntaba con quién conversaba decía que era un viejo amigo. Aladino no era loco y si lo era, no vivía como tal. Era inofensivo, trabajador y muy muy responsable. 

No se le conocía mujer. Una tarde confesó que no la necesitaba, que el mundo que había construido en su imaginación suplía todas sus necesidades. En Guananico lo tenían como raro, sin embargo, su ternura, su amabilidad sus silencios y su compromiso con todo aquel que necesitara algo lo hacían un ser muy especial a quien todos los 7,000 habitantes de la comunidad querían y cuidaban. 

Aladino un día fue entrevistado para un programa de televisión que hacía reportajes turísticos. A la pregunta de por qué le llamaban Aladino dijo que no sabía quién le había puesto ese nombre, pero que era mejor del que tenía. 

Cuando le preguntaron de sus fantasmas, contestó que se había inventado un mundo porque el que vivía no le gustaba, y cuando le preguntaron sobre qué esperaba de la vida, simplemente contesto, nada, no espero nada, ya lo tengo todo, sonrío y salió corriendo y siendo el más pobre de la comunidad, su respuesta se convirtió en noticia. Nadie entendió nada.

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