La lujuria en la Isla Española: colonos, taínos y sus remedios

En una carta introductoria del historiador Francisco López de Gómara para el emperador Carlos V (rey Carlos I de España), en su Historia General de las Indias (1552), le escribe: “Muy soberano señor: la mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la encarnación y muerte del que lo creó, es el descubrimiento de

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En una carta introductoria del historiador Francisco López de Gómara para el emperador Carlos V (rey Carlos I de España), en su Historia General de las Indias (1552), le escribe: “Muy soberano señor: la mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la encarnación y muerte del que lo creó, es el descubrimiento de las Indias…”. Con esto hacía alusión al Descubrimiento de América (1492) y sus maravillas. Para los aborígenes de la Española, esta colisión cultural con los españoles les brindó caballos y demás animales domésticos, nuevos frutos, el modo de vida occidental, maltratos pero, sobre todo, el intercambio de enfermedades.

Al llegar los colonos en el segundo viaje colombino de 1493, se encontraron con un panorama sexual muy marcado en la sociedad taína de la Isla Española. Las mujeres llevaban el pecho descubierto, y sus otras partes íntimas estaban cubiertas por las famosas “naguas” (palabra taína para referirse a las faldas cortas). Algunos cronistas, además, mencionan en sus relatos que las mujeres de aquellas tierras se bañaban desnudas en los ríos muy frecuentemente, costumbre extraña para los españoles de aquella época.

Dentro de esta temática, Gonzalo Fernández de Oviedo nos relata que Bohechío, cacique de Jaragua (hermano de Anacaona) tuvo  “treinta mujeres propias”. El historiador Ricardo Herren apunta, en La conquista erótica de las Indias, que,  muy posiblemente, Bohechío “sodomizaba a sus mujeres”, ya que era una práctica común en el Nuevo Mundo.

A todo este supuesto paraíso se le sumaba que no solo los caciques tenían varias esposas o concubinas, sino que la nobleza taína también ostentaba una conducta sexualmente holgada. El poeta y ensayista dominicano Juan B. Nina nos proyecta el escenario de la Isla Española en su obra La comida de los taínos: “Los espan~oles tuvieron la impresio´n de que se trataba del reino de la abundancia donde todo era posible, menos el hambre”. Una referencia interesante la hace también el historiador dominicano Roberto Cassá en su obra Los taínos de la Española:  “[…] tener acceso a un numeroso grupo de esposas, expresio´n de riqueza, pues se teni´a entre los taínos la regla de que cada hombre teni´a tantas mujeres cuantas podi´a mantener…”.

Los colonos rápidamente se dieron de cuenta que la vida en la Isabela era muy dura; por consiguiente, su pensamiento era vivir una vida de nobles disfrutando de mancebas hermosas, abundancia de alimentos, con lo cual proyectaban, así, una fantasía que nunca habían vivido en España. El sexo desenfrenado con las taínas se convirtió en el diario vivir de los soldados a partir de las instrucciones dadas por Colón (9 de abril de 1494) de desplegarlos en la zona norte, conocida como “el Cibao”. El comandante de esta fuerza militar era Pedro Margarit, quien contrajo sífilis posiblemente durante esta expedición, como lo indica Ricardo Herren.

Pedro Margarit tenía diferencias de opinión con Colón, por lo cual se marchó a España. Los soldados de Margarit, ya sin autoridad ni orden, empezaron a relacionarse sexualmente con las nativas. Por medio de este intercambio, contrajeron enfermedades sexuales, entre estas, la mencionada sífilis, conocida como “Mal de las Bubas” o como “Mal Francés”. La sífilis tiene un largo historial en los pueblos de América; basta remitirse al trabajo del famoso antropólogo peruano Julio C. Tello, La antigüedad de la sífilis en el Perú, donde explica la presencia de esta enfermedad en la antigua sociedad incaica.   

El Centro para el Control y la Propagación de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) define esta enfermedad de la siguiente forma: 

La sífilis es una infección de transmisión sexual (ITS) que puede causar graves problemas de salud si no se trata. La infección avanza en fases (primaria, secundaria, latente y terciaria). Cada fase puede producir diferentes signos y síntomas. Se puede contraer mediante el contacto directo con una llaga de sífilis durante el sexo vaginal, anal u oral. Además, esta enfermedad se puede propagar de madre a hijo durante el embarazo.

Relata el historiador español Demetrio Ramos Pérez, en su obra Genocidio y Conquista, que se había llevado medicinas a la Isabela en la Isla Española, pero no las suficientes para enfrentar las diferentes enfermedades (entre estas, la sífilis). Es un cuadro desgarrador el que nos pinta Ramos Pérez, quien a su vez añade: “Así, en fin, morían muchos con grande impaciencia y, a lo que se teme, totalmente desesperados”.

Los taínos conocían viejos remedios que le proporcionaba la naturaleza por vía del árbol de guayacán (palo santo)  y del coralillo. Es en este contexto desalentador donde Miguel Díaz, viajando al sur sin rumbo a través de la vegetación (posiblemente pasando por los árboles ya mencionados)  de la Isla, se encontró con una tribu aborigen de la cacique Catalina en las cercanías de lo que hoy es la ciudad de Santo Domingo. La cacique, enamorada de Díaz, le confiesa el secreto de la mina de oro de Haina pero, además, le revela el tratamiento para curar la sífilis que tantos estragos causaba a los colonos.

En la Colección de documentos Inéditos del Descubrimiento, se nos narra un poco del árbol guayacán en la Isla Española: “En esta tierra, en especial en la villa del Cotuí, diez y seis leguas de la dicha ciudad de Santo Domingo […] Hay grandes dehesas, y hay montes de cuatro y cinco leguas del árbol nombrado ´guayacán´, que acá se nombra ´el palo santo´. Es contra el mal francés (sífilis), y aun para otras muchas enfermedades…”.

La receta con el guayacán y con el coralillo la detalla el historiador Ricardo Herren en su obra La conquista erótica de las Indias: “Aislar al enfermo y todos los días, con el cocimiento de las hojas de un arbolito llamado ´coralillo´ por los españoles, fregar las bubas [chancros] hasta que viertan sangre. En las llagas echar luego el polvo seco de las hojas del coralillo, cambiarle las ropas al enfermo y darle a beber el cocimiento del guayacán, árbol que por sus maravillosos efectos curativos los españoles bautizaron ´palo santo´”.

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