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Xi Jinping es “el presidente de todo” en China

Xi pasó su primer período quinquenal al mando del partido convirtiéndose en el líder más poderoso

Xi pasó su primer período quinquenal al mando del partido convirtiéndose en el líder más poderoso

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La última vez en que China fue anfitrión de las olimpiadas, Xi Jinping coordinó todos los juegos. Ahora que el evento deportivo ha regresado, es presidente del país entero.

El presidente chino, como anfitrión de unos Juegos Olímpicos empañados por denuncias de violaciones de derechos humanos, ha trastocado la tradición, restaurando un sistema autoritario y afianzando el control del Partido Comunista sobre toda la economía y la sociedad.

Xi estaba a cargo de las Olimpíadas de Verano de Beijing en el 2008, un evento que China usó como plataforma para proyectarse como potencia política y económica. Xi, entonces miembro de la segunda generación de la élite partidista, se convirtió en secretario general del partido en el 2012 y al año siguiente recibió el título ceremonial de presidente.

Xi pasó su primer período quinquenal al mando del partido convirtiéndose en el líder más poderoso de China desde por lo menos Deng Xiaoping quien gobernó en los años ochenta. Xi fue apodado “presidente de todo” luego que se puso a cargo de la economía, del despacho de propaganda y de otras funciones. Eso revirtió un consenso anterior, según el cual las decisiones debían tomarse por consenso, a fin de evitar pugnas de poder.

El partido está aplastando el activismo y está incrementando su control sobre el empresariado y la sociedad. Ha intensificado su vigilancia sobre los 1.400 millones de habitantes del país y sobre esferas como los negocios, la cultura, la educación y la religión. Un sistema de “crédito social” rastrea a todo individuo y corporación y castiga todo tipo de infracción, desde la contaminación hasta la colocación de basura.

El auge de Xi ocurre en momentos en que China está proyectando su poder e influencia a nivel mundial, luego de décadas en que se concentró en su desarrollo económico interno.

Xi quiere que China sea “el mejor país del mundo, ampliamente admirado y por lo tanto imitado”, explicó Steve Tsang, experto en políticas chinas en la Escuela de Estudios Orientales y Africanos en Londres.

“El mundo en que China domina será un mundo que tolerará el autoritarismo”, añadió Tsang. “Será un mundo en que las democracias tendrán que regresar a su lugar”.

Nacido en Beijing en 1953, Xi tuvo una juventud privilegiada ya que era hijo de Xi Zhongxun, ex viceprimer ministro y comandante guerrillero en la guerra civil que llevó al poder a los comunistas de Mao Tse Tung en 1949. A los 15 años, fue despachado a una zona rural en 1969 como parte de la campaña de Mao para hacer que las personas urbanas y educadas vayan al campo a aprender de la vida campesina. Fue capturado tratando de regresar a la capital y devuelto a la provincia Shaanxi para cavar canales de irrigación.

“Así como el cuchillo se afila sobre piedra, la gente se refina por medio de las dificultades”, dijo Xi a una entrevista china en el 2001. “Siempre después, cuando me vi en dificultades, pensaba en lo duro que era todo en ese entonces y ya nada se me hacía difícil”.

China está tratando de asumir un rol más protagónico en la esfera mundial, que se ajuste a su tamaño como la segunda economía más grande del mundo. Ha antagonizado a Japón, India y otros vecinos en su empeño por intimidar a Taiwán — la isla vecina, gobernada por una democracia, que China considera territorio suyo — y por impulsar reclamos territoriales en el mar y en los Himalayas.

El partido ha cesado los límites a la propiedad extranjera de compañías automotrices y ha implementado otras medidas de apertura de mercados. Pero ha declarado las compañías de los sectores petrolero, bancario y otros como “el núcleo de la economía”.

China está también presionando a compañías privadas, como Alibaba Group, a invertir miles de millones de dólares en iniciativas nacionalistas para hacer de China una potencia tecnológica y reducir su dependencia de Estados Unidos, Japón y otros países surtidores.

Eso, combinado con los límites que Estados Unidos y Europa le están imponiendo al uso de tecnologías chinas por temores de espionaje, está generando inquietudes de que las industrias mundiales terminarán divididas en dos mundos paralelos e incompatibles, lo que aumentaría los costos e inhibiría la innovación.

Todo indica que Xi, de 68 años, romperá con la tradición nuevamente y se postulará a un tercer período como presidente del partido en un cónclave que se realizará en octubre o noviembre, luego que logró en el 2018 eliminar el límite de dos períodos vigente hasta entonces. Eso va en contra de arreglos forjados en los años 90 para que las facciones partidistas puedan gobernar por consenso y entregar el poder a una generación más joven cada década.

Incluso antes de que Xi tomara el poder, funcionarios del partido se quejaban de que las decisiones grupales tardaban mucho y permitían que dirigentes de menor rango ignoraran o obstruyeran iniciativas. Hoy en día, líderes del partido defienden los intentos de Xi de mantenerse en el poder diciendo que necesita asegurarse de que las reformas prosperen.

Xi encabezó una campaña anticorrupción cuyos objetivos más visibles fueron miembros de otras facciones o partidarios de otros candidatos. La campaña fue popular entre la ciudadanía, pero generó denuncias de que los funcionarios se estaban negando a tomar decisiones importantes porque no querían atraer mucha atención.

Xi ha llamado a un “rejuvenecimiento nacional” basado en un mayor estricto control del partido sobre la educación, la cultura y la religión. Muchos de los cambios son hostiles a las minorías étnicas, gays y lesbianas, activistas prodemocracia, artistas y escritores. Están prohibidas las redes sociales grupales para estudiantes universitarios homosexuales. Todo hombre que no aparente ser suficientemente masculino ha sido sacado de las pantallas de televisión.

Aproximadamente un millón de uigures y otros miembros de minorías musulmanas han sido confinados a campamentos en Xinjiang, una región del noroeste del país. Activistas denuncian que China está tratando de borrar otras culturas, pero el gobierno insiste en que los campamentos son para entrenamiento laboral y para evitar el extremismo. Han negado reportes de abortos forzados y otros abusos.

Xi supervisó en el 2015 la detención de más de 200 abogados y asistentes legales que habían ayudado a activistas y ciudadanos comunes a presentar denuncias contra las autoridades.

Tras la aparición inicial del coronavirus en el 2019, el gobierno de Xi suprimió información y castigó a médicos que trataron de advertir a la ciudadanía. Ello provocó acusaciones de que China permitió la propagación de la enfermedad y entorpeció la capacidad de otros países para prepararse.

China amplió su ola represiva a Hong Kong tras unas protestas en el 2019 que comenzaron siendo contra una nueva ley de extradición y se convirtieron en un movimiento generalizado a favor de mayores libertades democráticas.

Una ley de seguridad nacional fue impuesta sobre Hong Kong en el 2020, provocando quejas de que Beijing estaba violando la autonomía que se le había prometido al territorio cuando fue devuelto a China 1997, arruinando su status como centro comercial y financiero.

Varios activistas prodemocracia han sido encarcelados. Entre ellos están Jimmy Lai, de 73 años y antes director del diario Apple Daily, que cerró bajo las presiones oficialistas, y organizadores de las vigilias que se realizaban para conmemorar la matanza de manifestantes prodemocracia ocurrida en Beijing en junio de 1989.

Un potencial obstáculo a las ambiciones de Xi son las dificultades económicas. El crecimiento económico está menguando luego que Beijing endureció sus controles sobre el uso de deudas en su sector de bienes raíces, uno de sus principales motores económicos. Ello se suma a otros obstáculos de naturaleza política, como la orden a los fabricantes de que usen materias primas chinas aun si eso les cuesta más.

“El mismo Xi está debilitando la economía en vez de fortalecerla”, aseveró Tsang. “Si entorpece la economía, China no será la primera potencia mundial”.

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